Cambios de personalidad al volante

Furia

Ponen en peligro a los demás, se pican, amenazan, insultan… pero, ¿cuál es la razón que provoca estos cambios de estado en las personas en cuanto se ponen detrás de un volante?

La agresividad que algunas personas exteriorizan cuando conducen es uno de los comportamientos que más me preocupan y más me llaman la atención. Y porqué no decirlo, que más miedo me provoca. No os voy a negar que alguna vez también me he cabreado, pero a medida que han ido pasando los años y los kilómetros, me he dado cuenta que no sirve de nada enfadarse. Si el conductor que comente la infracción poniéndonos en peligro es consciente de su acción, no hace falta que se lo recriminemos porque se dará cuenta. Y si lo hace con conocimiento de causa o por ignorancia, lamentablemente no vamos a solucionar nada.

Las principales características que presenta un conductor con tendencia a la agresividad son las siguientes: le molesta que le rebasen, amenaza por medio del vehículo, no respeta la distancia de seguridad y conduce de forma ofensiva siempre. En cuanto peligra su prioridad en cualquier circunstancia, exterioriza su rabia contenida.

El estado anímico, el tráfico, la temperatura, el ruido, son factores que causan la aparición de ira en los individuos. El anonimato que representa el coche, la facilidad de huida, el sentimiento de posesión y privacidad del espacio encerrado entre las seis ventanillas, provoca una prolongación de nuestro cuerpo dotando de vida y sentimientos al vehículo. Y cualquier amenaza de daño representa una ofensa que debe ser contestada.

Siete de cada diez conductores se encuentran bajo situaciones de estrés cuando se ponen al volante. Concienciación y educación en los colegios, además de pararse a pensar durante unos segundos son soluciones que disminuirían el número de accidentes causados por este motivo.

Os quiero hacer partícipe de una situación que me ocurrió mis primeros años como conductor. En un cruce, un señor mayor se saltó un ceda el paso. Yo le recriminé su acción con una solemne pitada y preguntándole, voz en grito, si no había visto la señal. El caballero (porque no se le puede llamar de otra forma), me pidió disculpas de forma muy educada y me preguntó: ¿acaso usted no se ha equivocado nunca? Mi actitud después de ese día fue completamente diferente. Si, es cierto, algunas veces me enfado, pero nunca dejo que esa agresividad salga fuera. Como mucho, un leve golpe de claxon para evitar la colisión, y sigo mi camino.

Foto | Flickr

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