Calle de la Tranquilidad

Calle de la Tranquilidad

Ayer pasé el día en casa de un amigo. La verdad es que tiene una casa muy bonita en la Calle de la Tranquilidad, una zona residencial bastante apartada. Había ido otras veces, y siempre me había llamado la atención porque era muy parecido a como me imagino las calles de antaño. Pocos coches, y con los niños jugando imaginando que la puerta del garaje es la portería de un campo de primera división.

En principio, no parecía que hubiera que temer en cuanto a Seguridad Vial. Por allí no se llega a ninguna parte, sólo pasan los vecinos. Todos se conocen entre si, y tienen buena relación. De hecho, mi amigo juega a la pelota con sus hijos y los chavales de los vecinos. La Calle de la Tranquilidad rezumaba un sosiego anciano, y una felicidad familiar. Pero ayer era diferente.

Ayer, en vez de unos zagales jugando a la pelota, lo que había era un camión de mudanzas. La portería imaginaria había vuelto a ser una puerta de garaje que, abierta, contempla impasible como unos operarios la atravesaban, transportando multitud de enseres al camión.

«Se van los vecinos del 42, con los que nos llevábamos muy bien» dijo mi amigo, confirmando la obviedad con un tono mucho más solemne de lo habitual. «La semana pasada se fueron los del 38, ninguno de los dos aguantaba seguir viviendo en este sitio…».

Con lo que me explicó a continuación, supe que el repentino éxodo era una cicatriz más de una herida cuya sangre había sido lavada del asfalto de la Calle de la Tranquilidad hacia unos meses.

Aquél día, mi amigo ya había salido hacia la oficina. Su mujer Alicia aún estaba allí, y relata lo ocurrido en primera persona. Como cada mañana, estaba corriendo arriba y abajo por toda la casa, asegurándose que los bocadillos del desayuno de sus hijos estaban en la cartera correcta. Estaban a punto de salir por la puerta. Se hacía tarde y el colegio público está a cierta distancia.

Pasados los meses, ella reflexiona diciendo que le extraña no haber oído el característico sonido agudo de un frenazo de emergencia. Por que no lo hubo. Lo único que escuchó fue el grito de una mujer. La voz le pareció familiar y extraña al mismo tiempo. La reconoció al acto, era una de sus mejores amigas, la vecina de enfrente. No obstante, Alicia confesaba no haber oído un grito como ese.

Un grito que demostraba una angustia y desesperación infinitas que sólo podían proceder del mismo averno.

Alicia salió de la casa prácticamente de un salto. Lo primero que vio fue un coche muy familiar sobre la acera. Pertenecía al vecino de dos casas más allá, al otro lado de La Calle de la Tranquilidad. Lo veía casi cada día, ya que iba a trabajar más o menos a la hora que ella llevaba a sus hijos a la escuela.

En un primer momento, pensó que el vecino debía haber chocado contra la acera. Pero no, no se había oído ningún golpe tan fuerte. El coche estaba allí, mal depositado sobre la acera.

Lo siguiente que vio fue a su amiga, la vecina de justo en frente, salir corriendo hacia el coche. Gritaba. Gritaba el nombre de su hijo pequeño. Y, entonces, Alicia entendió lo que había pasado.

Con el paso de los meses, las diferentes pesquisas habían reconstruido los hechos. Al parecer, el vecino que llevaba el coche acababa de salir de su casa, como cada mañana. Y, como cada mañana, con el coche ya en marcha, cruzó su mano derecha sobre el hombro izquierdo para coger el cinturón de seguridad y abrochárselo. Un gesto tan cotidiano que ya tenía tan interiorizado que lo hacía sin pensar.

Pero, al contrario de lo que pasa cada mañana, el cinturón se le escapó de entre los dedos. Eso provocó que girara la vista sobre su hombro izquierdo.

Y, entonces…

Los últimos meses en la Calle de la Tranquilidad habían sido muy tristes. De hecho, ahora que sabía lo que había pasado, al mirar por la ventana casi me parecía ver la calle borrosa.

Durante las primeras semanas, Alicia apenas vio a su amiga. De hecho, la primera vez que la vio fue tras escuchar unos gritos en la calle. Sus vecinos se habían enzarzado en una pelea llena de rabia, remordimientos, impotencia y disculpas que nunca serán suficientes.

Al parecer, aquél día fue cuando ambas familias decidieron abandonar para siempre la Calle de la Tranquilidad. No podían seguir viviendo allí. Unos, por su pérdida. El otro, por la desesperación de saber que es imposible reparar lo ocurrido. Aunque le encantaría intercambiar su vida con la del pequeño vecinito, sabe que es imposible. Se acabó. Ya no existe.

Al terminar el relato, Alicia a la cocina. Con la mirada baja. Mi amigo (su marido) y yo nos quedamos en silencio evitando el contacto visual. Tras un rato, reaccioné. Con un gesto de la cabeza le indiqué que debíamos ir a ayudarla.

Porque, aunque parezca increíble, la vida sigue. Y os puedo asegurar que, sabiendo lo ocurrido, realmente parece increíble.

Fotos | Seattle Municipal Archives, Ecksunderscore, Andrew Hill

PD.: Esta es una historia de ficción… de todos depende que nunca se convierta en realidad.

  • Me ha recordado muchísimo al Refugio 112 del Fallout 3. Con esa Tranquility Lane tan espectral.

    La gente no es consciente de lo cerca que pasa el filo de la muerte cada vez que hacemos una de esas pequeñas cosas…

    Espero que lo tengamos mas en cuenta a la hora de pensar en eso, y me alegro de que haya sido una historia de ficción.

    Saludos.

    • Todo parecido con el refugio 112 es pura coincidencia. Aunque nunca está de más tratar bien al perro…

      • ¿Para cuando un artículo de la Seguridad Vial tras el holocausto nuclear? Desde luego, en el Páramo no hay mucha necesidad de respetar los semáforos, pero me gustaría saber si pasa lo mismo con el cinturón y con el seguro (del rifle Xuan Long, evidentemente).

        Por cierto, yo fui de los que le hizo caso a la niña y completé las misiones en la Calle de la Tranquilidad. Supongo que le habrán cambiado el nombre después de eso… jajajaja.

        Reitero mi admiración por el artículo, y sobre todo las referencias, a pesar del cachondeo con el nombre de la calle, no deja de ser un tema serio y bastante preocupante.

        Saludos!

  • Escargot

    Bueno, una calle que conozco en la que el carril de aparcar está justo en medio se llama “Calle del Acierto”…