Anatomía del atasco (1)

Atrapados y desesperados

Cuando era pequeño, los atascos siempre me fascinaban. No, no penséis mal de mi, no es que me gustara estar atrapado en un mar de coches. Todo lo contrario, me moría de ganas de poder ponerme a correr. Pero no los entendía, y ello llamaba mi atención.

Mi razonamiento infantil era que aquella cola de vehículos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista no podía ser infinita. Por lo tanto, debía haber algún punto en que se terminara. Más allá de aquel lugar, la carretera estaría vacía, y simplemente el primero de la cola no sé movía.

Mi juvenil, fértil – y casi enfermiza – imaginación enumeraba los posibles motivos por los que los de allí delante decidirán ir tan despacio. Sí hoy en día pensara algo así, probablemente me cabrearía. Y mucho. De hecho, cuando alguien entorpece el tráfico de esa forma, suele ser avisado por un concierto de claxon (por si no se había dado cuenta de que por allí pasa gente). Pero por aquel entonces yo imaginaba otras cosas: a lo mejor tenía las ruedas cuadradas y por eso le costaba avanzar.

Dejando de lado el infantil mundo de alegría e ilusión, sigue siendo cierto que a menudo no tenemos la más mínima idea de porqué estamos atrapados en un atasco. Es difícil entender el motivo por el que a veces se monta semejante lío. En esta mini serie de artículos intentaremos darle vueltas al asunto. Aunque ya os aviso que no encontraremos la panacea que nos permita comprender todas las retenciones. Porque como la mayoría de fenómenos de tráfico, intervienen multitud de factores.

El principio general es simple: en un tramo de carretera se acumularán vehículos si llegan a él más de los que pueden salir. El ejemplo paradigmático es un semáforo. Si está rojo, no puede pasar ningún coche, por lo que todos los que queden se acumularán formando una fila.

Un grave atasco

Esto que dicho así suena tan de sentido común, en realidad es un principio de mucha utilidad en ciencia; permítanme que abra un paréntesis. En algunos ámbitos se conoce como ecuación de continuidad, y se utiliza en ámbitos tan diversos como el estudio de la corriente eléctrica (donde da a lugar a las ecuaciones de Kirchoff), o en el flujo de líquidos o gases en tuberías.

Por supuesto, se basa en la hipótesis de lo que sea que estamos estudiando no se crea ni se destruye en el interior de la tramo. Por ejemplo,i las cargas eléctricas aparecen mágicamente dentro del cable (y si lo hacen, tiene que crearse automáticamente una carga de signo contrario, por lo que la carga total permanece constante).

Si esta pequeña hipótesis no se cumpliera, el balance sería más completo: lo que entra más lo que se crea dentro es igual a lo que se acumula menos lo que sale. Pero eso lo dejaremos a los ingenieros químicos.

Por lo tanto, volviendo al tráfico, como los vehículos ni se crean ni desaparecen de golpe (y no tiene sentido hablar de vehículos de signo contrario), normalmente, nos podemos centrar en el caso sencillo, que podemos resumir en que la acumulación de vehículos es igual a los que entran menos los que salen.

Es decir, se formará una retención en un tramo de carretera si intentan entrar más vehículos de lo que pueden entrar. En las siguientes entregas intentaremos analizar los diferentes motivos por los que la afluencia de tráfico puede superar la capacidad de desalojo de la vía.

Fotos | Oneras, Nils van der Burg