Algunas claves para una conducción defensiva

Conducción agresiva

Para abordar un tema como la conducción defensiva, debemos partir de una base. Entendemos que conducir es manejar un vehículo, es una cuestión meramente mecánica, mientras que circular supone conducir en un entorno, en compañía del resto de usuarios de la vía. Dicho de otra forma, circular es un acto social. Por eso, la educación que haya recibido y ponga en funcionamiento el conductor es crucial a la hora de circular.

Al final, todo es una cuestión de saber qué hay que hacer en cada momento, saber cómo hacerlo y tener ganas de hacerlo. En cualquier caso, esa voluntad de hacer las cosas tiene su visión positivista (si el conductor está bien educado y tiene ganas de circular bien, lo hará), pero también tiene su implicación en sentido contrario: el conductor que pasa de todo se comportará como un garrulo con los demás.

Es en ese momento cuando debemos adoptar medidas suficientes para no acabar teniendo un disgusto por culpa de un conductor que creyéndose el mejor de su especie es en realidad un negado para circular en sociedad. No es cuestión de transformarse en un paranoico de la seguridad ni perder el Norte buscando posibles problemas que en realidad no existen, pero en un escenario como el actual, donde priman otros valores diferentes de la seguridad (y muchas veces opuestos a ella), se hace necesario tener claras algunas pautas para no convertirse en el juguete de quienes disfrutan haciendo el cabra en la carretera.

En definitiva, la conducción defensiva es la actitud permanente de evitar pequeños incidentes y grandes siniestros. Pero como la siniestralidad no sólo depende de uno mismo, sino que compartimos el espacio con otros muchos usuarios de la vía, quien quiera ejercer la conducción defensiva debe tener en cuenta que cualquier situación se puede transformar en un problema a medida que el tiempo avanza.

Una de las bases de la conducción defensiva consiste en fomentar la anticipación del conductor. Cuando el conductor observa activamente, obtiene una serie de informaciones, las selecciona, compara lo que ve con su experiencia, decide una respuesta adecuada a la situación y la ejecuta. Todo este proceso transcurre a lo largo de lo que denominamos tiempo de reacción. Si el conductor se anticipa y observa con mayor antelación, previendo posibles problemas donde los demás sólo ven información, ganará tiempo al tiempo.

Evidentemente, para tener una anticipación suficiente el conductor debe ser consciente de su propio estado. Si no pasa por un buen momento físico, psicológico o anímico, esa anticipación será más difícil de conseguir. Idealmente, un conductor que no se encontrase bien no debería conducir, pero en un mundo real eso no siempre es posible. Por eso, el conductor que practica la conducción defensiva será capaz de prever los problemas derivados de no encontrarse en plenitud de condiciones.

Otro puntal de la conducción defensiva es el conocimiento de los diferentes factores de riesgo que rodean la circulación. El estado del vehículo y la vía, los factores meteorológicos, las acumulaciones de tráfico, la señalización, las actitudes del resto de conductores son factores de riesgo que el conductor debe conocer. Y reconocer.

S-123Claro, porque de nada sirve conocer de memoria el listado de posibles problemas de la carretera si a la práctica no lo sabemos aplicar. Y ahí entra la capacidad de deducción del conductor, ligado a su experiencia y a su capacidad de aprendizaje continuado. Un coche que tiembla al llegar a 80 Km/h quizá advierte de un mal equilibrado de las ruedas; una carretera umbría en pleno invierno quizá acumula hielo en sus curvas; la niebla no es sólo sinónimo de mala visibilidad, sino también de una menor adherencia; unas luces de freno a lo lejos pueden anunciar serias retenciones; una señal de área de descanso en plena autopista nos invita a preguntarnos cómo nos encontramos; un conductor que nos sigue a menos de un palmo nos debe hacer intuir que a la que se le crucen los cables nos adelantará a la brava, caiga quien caiga.

La versatilidad es otra de las características básicas del conductor que practica la conducción defensiva. Saber cambiar de chip, saber adaptarse al medio, es fundamental para conseguir una conducción que evite la siniestralidad. El entorno del conductor varía constantemente a la velocidad a la que se desplaza el vehículo. Por eso, el conductor debe ser capaz de adaptarse a cada nueva situación que se le presenta. Dicho de otra forma: el conductor que conoce los factores de riesgo y es capaz de reconocerlos, debe ser capaz también de dar una respuesta adecuada a cada problema que surge ante él.

¿Cuál debe ser la respuesta adecuada? Aquella que consiga que salgamos del trance sin ocasionar problemas, ni a nosotros mismos ni al resto de usuarios de la vía. Siguiendo este principio, la tolerancia, la responsabilidad y la sensatez deben guiar nuestros pasos. De nada sirve que en una carretera revirada nos pongamos a correr como locos si luego nos comemos un árbol y acabamos culpando a la carretera de nuestros males: el castañazo ya nos lo habremos llevado. Por las mismas, si un individuo armado con un coche se encapricha de nosotros y nosotros le respondemos con maniobras peligrosas para demostrarle que dominamos el tema, lo más seguro es que acabemos todos pasando la noche en una cama de hospital, lo cual no tiene demasiado sentido.

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