Aceras valladas

Por suerte o por desgracia, en esta vida hay unas cuantas cosas que nos hacen a todos iguales. Por ejemplo, la muerte, los sueños, las necesidades fisiológicas,… y ser peatones.

Ya sea con zapatos de piel de cocodrilo, o con alpargatas. Ya sea para ir de compra a la tienda de la esquina, un largo paseo, o simplemente para ir a buscar el coche aparcado. Todos acabamos caminando por las calles, avenidas o callejones. Mucho antes que empezar a conducir.

Recuerdo que cuando empecé con las prácticas mi concepción de la cotidianidad del espacio público cambió por completo. Me di cuenta de lo que cuesta vencer la inercia de una máquina de casi una tonelada para detenerla a tiempo. De lo difícil que resulta avistar un peatón que sale por donde no te lo esperas.

De hecho, incluso cuesta más de lo que me parecía a priori pensé atisbar los caminantes incluso cuando cuando salen por donde sí los esperas. En innumerables pasos de cebra mi profesor me hizo notar que, de ser un examen, hubiera suspendido. Aunque, evidentemente, ese podía ser el menor de los problemas.

En su honor, aún hoy sigo diciendo «¡suspendido!» cada vez que un conductor ignora mi prioridad cuando al disponerme a pisar una senda peatonal. Y sí, para mi deshonra, también me lo tengo que decir a mi mismo de vez en cuando. Porque, incluso cuando estamos ya acostumbrados a circular tras miles de kilómetros, – y no debe ser excusa – sigue siendo realmente más complicado de lo que pensamos.

Teniendo todo esto en cuenta, desde la óptica del peatón parece evidente que es recomendable tomar las mayores precauciones posibles para evitar cualquier riesgo innecesario. La primera e imprescindible precaución es, obviamente, utilizar los espacios reservados para cruzar.

Una vez en el paso de peatones, obviamente no está de más asegurarse que todos los conductores te han visto y están en condiciones de efectuar la detención de forma segura. Eso, suponiendo que se disponga a cumplir su obligación. Por desgracia no es difícil ver conductores que confunden la precaución con una estatua que no quiere cruzar…

Pero en la realidad, desafortunadamente, ni siquiera se cumple la primera premisa. No descubro la sopa de ajo si digo que el número de peatones que cruzan nuestras calles por cualquier sitio es preocupantemente alto. Y es que hay casos demenciales, que ya nos parecen hasta normales en nuestro mundo de prisa desenfrenada.

A mi, particularmente, lo que más me indigna son los que cruzan cerca de un paso de peatones. A 20 o 50 metros. Si no hay ningún lugar seguro a varios minutos de camino, pues mira casi lo podría entender. Pero en estos casos, realmente no hay excusa. La vida – y la calidad de vida – vale más que unos tristes segundos.

Igual es que soy un cobarde, pero realmente admiro la valentía de la gente en estas situaciones. ¿Qué se puede tardar en caminar unos metros para cruzar por donde se debe? ¿Unos segundos? Sí, dicen que el tiempo es oro. Y el oro se puede usar como moneda para comprar, en este caso comprar seguridad.

Me gustaría mencionar un ejemplo realmente patológico que por desgracia me toca vivir muy a menudo. Se trata de un pueblo que, por arte y gracia del urbanismo moderno, está partido en dos por una travesía muy transitada. Dicha vía tiene un sólo carril por cada sentido, así que el tráfico suele ser denso.

Además, la vía cuenta con un carril central que se utiliza para facilitar los giros a la izquierda en las diversas calles de la población. Sí, el típico carril central donde debes detenerte en un stop a que una alma caritativa renuncie a su prioridad para que puedas pasar.

Pues bien, visto el panorama, el concejal de turno decidió construir unos cuantos pasos subterráneos. Hombre, por fin una buena idea. Ahora bien, prácticamente cada vez que paso por allí veo alguien cruzando la carretera… ¡justo al lado del paso subterráneo!

Por supuesto, como el tráfico es denso, a menudo cruzan un sólo carril y se tienen que aguardar pisando el stop antes de poder alcanzar la otra orilla del río de coches.

De hecho, he visto situaciones realmente esperpénticas. Familias enteras, con varios hijos menores de 10 años. Ancianas con el carro de la compra. Madres empujando un carrito de bebé. Un adolescente con su hermano pequeño botando una pelota… todos ellos esperando en el stop del carril central… justo encima del paso subterráneo.

Cuando lo veo, no puedo evitar pensar que al final tendrán que enrejar todas las calles. Dejar solo las aberturas necesarias en los pasos habilitados a nivel. Porque, claro, en muchas calles ya hay las típicas vayas que nos suelen llegar hasta la cintura. Pero no es difícil encontrar gente que, de nuevo, prefiere saltarlas. Sería muy triste vivir en semejante cárcel.

Quizá jugarse la vida cruzando una calle no comporte el suspenso en un examen de tráfico. Pero sí que puede acarrear suspensos aún más graves… Y, en este caso, no basta con dinero para renovar el expediente.

Fotos | `David, Amable Odiable, rahego