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11 agosto 2008


La imposibilidad de establecer un horario de llegada

Josep Camós

Atasco en Bristol, 1982

A menudo al hablar de consejos sobre la carretera nos perdemos entre argumentos leídos aquí o allá, estudios que revelan el porcentaje exacto de las personas que encontraron en su viaje un problema fatal o cifras asépticas con las que avalar si una acción resulta más o menos adecuada mientras nos encontramos al volante.

En otras ocasiones, basta con abrir un cajón de la memoria para que se nos presente toda una lección de sentido común heredada de nuestros mayores. Ese es el caso de hoy. Ante las informaciones que hablan de los múltiples dispositivos que prepara Tráfico para dar respuesta a los movimientos de personas que caracterizan a estos días de verano, simplemente me viene una frase que mi abuelo repetía una y otra vez cuando estábamos de viaje.

A la clásica pregunta de nosotros, los niños: “¿cuánto falta?”, su respuesta no era otra que “te lo diré cuando lleguemos”. Así de claro. Y lo repetía tantas veces como nosotros, obstinados e impertinentes, le preguntásemos por la duración de nuestro viaje. Eran tiempos en los que un trayecto de 600 kilómetros se hacía realmente pesado. Ni aire acondicionado ni grandes autopistas. Carreteras que hoy en día sacarían los colores a quienes se quejan de nuestras infraestructuras y la necesidad de detener la marcha cada tantos kilómetros para rehacernos del inevitable mareo causado por el calor.

Así que el mérito de aquel hombre era doble cuando nos respondía “te lo diré cuando lleguemos”. De un lado, era plenamente consciente de lo que suponía conducir durante un largo viaje. Cualquier imprevisto, cualquier incidente propio o ajeno, podía alargar la travesía de forma inevitable. Sabiendo eso, fijar un horario de llegada, además de imposible, era lo más estúpido que podía hacer. Cualquier desbarajuste sobre el plan inicial habría ocasionado una tormenta de nerviosismo en el interior del vehículo, así que lo mejor era mantenerse a la expectativa.

Por otra parte, con aquella simple frase era capaz de desarmar dialécticamente a sus nietos, al menos de forma temporal. Y sin alterarse lo más mínimo, sin perder los papeles ni la credibilidad ni siquiera un instante. Cuestión de sentido común.

Imagen | Flickr (star1950)

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